'El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes'


jueves, 7 de junio de 2012

El corazón de Preciado se apagó.

Hubiera querido no escribir las palabras que escribiré. Hubiera querido que hoy fuera un día más, como otro cualquiera y que nada lo hubiera empañado. Hubiera querido despertarme con una sonrisa y no haber derramado alguna que otra lágrima pocos segundos después de haber encendido la radio. Hubiera querido que esto no se pareciera tanto a esas pesadillas que parecen no tener fin. 

Hubiera querido hablar de su regreso a un banquillo y no de su adiós. 

Hubiera querido que no se marchara. Hubiera querido que siguiera aquí.


Pero el corazón de Manolo Preciado -tan enorme como era- decidió llevarme la contraria y arrebatárnoslo para siempre. Dijo 'basta' y se apagó sin avisar. El suyo se apagó y el de los que formamos parte del mundo del fútbol, activa o pasivamente, se encogió, incapaz de aceptar algo tan inesperado como terrible. La vida, que tantos golpes le había dado, que tanto dolor sembró en él, que tantas personas arrancó de su lado, volvió a cebarse con Manolo. La crueldad del destino se cruzó de nuevo con alguien a quien no importaba no conocer. Su cercanía era tal que bien podría haber pasado por un amigo más de esos que coleccionamos a lo largo de los años y por el que nunca se agota ese cariño que en algún instante u otro surge. 

Y ya no volverá. El mismo Preciado que nos enseñó a caminar hacia adelante sin mirar atrás, a sobreponerse a las tragedias de la vida, a seguir luchando incluso en los momentos más tristes y más duros. El mismo Preciado que hizo del fútbol su mejor terapia y que tan grande lo hizo. 

Y puede que sí. Mañana volverá a salir el sol. Pero él ya no estará. 

Y es que a pesar de que han pasado casi 24 horas desde su adiós, aún me cuesta digerir que el corazón de Preciado se ha apagado para siempre.

Allá donde estés, Manolo, DEP.


lunes, 28 de mayo de 2012

Riazor vuelve a sonreír

Difíciles de abrazar, por no decir prácticamente imposibles, los finales felices parecen ser esos eternos fugitivos con los que nos cruzamos en algún que otro momento en nuestras vidas, aunque nos empeñemos una y otra vez en perseguirlos sin descanso hasta intentar alcanzarlos. De hecho, incluso en algunas ocasiones, cuando creemos haberlos atrapado, se escapan de nuestras manos. Por mucho que cerremos los puños, por mucho que pretendamos impedir su salida. Aún así, y aunque cueste encontrarlos, los finales felices existen. Quizás sean pocos, pero suficientes, y hallar uno de ellos es siempre un motivo para sonreír.

Ayer Riazor volvió a creer en ellos. Y los corazones de miles de aficionados deportivistas se encogieron de nuevo, aunque esta vez no lo hicieron para después, sino para reír. 372 días después, el Depor convertía en realidad una promesa que nació de una de las noches más tristes que el equipo blanquiazul ha tenido que digerir en los últimos tiempos. Las lágrimas derramadas tras aquel descenso que tanto dolió se transformaron en el empujón del que se han valido los hombres de José Luis Oltra para volver a la categoría de oro del fútbol español, como si el infierno de Segunda sólo hubiera sido un pequeño paseo que les regalaba una oportunidad única de renacer de sus propias cenizas, de resarcir los errores del pasado. 

'Lo que no mata, te hace más fuerte'. Eso dicen. Y el Depor no murió. Puede que tras la dramática jornada del pasado curso agonizara, pero no bajó los brazos en ningún momento. Hubiera sido mucho más fácil dejarse llevar y esperar a que la suerte se pusiera de su lado y conseguir así, quizás, que la propia inercia les condujera de nuevo a la categoría que abandonaron y que ahora han recuperado. Pero ese 'dejarse llevar' era más enemigo que amigo, y el equipo blanquiazul persiguió su propio final feliz a base de lucha y esfuerzo. 

No fue fácil. No fueron pocos los momentos en que se sufrió, en los que parecía que los fantasmas de antaño podrían tirar al traste todas las opciones del regreso más esperado. Hubo días en que todo iba bien, y muchos otros difíciles, en los que nada salió como debía. Diciembre fue, probablemente, el punto de inflexión. A partir de entonces, y tras encadenar 16 victorias en 18 partidos, los de Oltra quisieron dar un golpe sobre la mesa y hablar alto y claro: querían recuperar su lugar en Primera y lucharían por ello hasta el final. Y así lo hicieron.
Y jamás caminaron solos. No hubo silencios en Riazor. Ni reproches. El Depor consiguió su sueño de volver a estar entre los mejores del fútbol español, y lo hizo acompañado de una afición que esta temporada ha demostrado estar a la altura. De 10 el inagotable soporte que han concedido a unos jugadores que les han devuelto a cambio la sonrisa y la ilusión. Más que nunca, la afición deportivista se convirtió en el jugador número 12. Y aún cuando todo parecía complicarse más de la cuenta en las últimas semanas, nadie tiró la toalla y todos -jugadores, técnicos y aficionados- mantuvieron la esperanza hasta el último minuto. Sucedió en Tarragona ante el Nàstic (Xisco dio la victoria a su equipo en el 94') y también ayer ante el Huesca, al tener que remontar un partido que se le había puesto cuesta arriba tras el gol visitante y que hizo temblar a más de uno en su asiento o donde quiera que estuviera. 


La magia inmortal de Valerón. La confianza que concede Aranzubía. La versatilidad de Colotto. La innegable calidad de Guardado. Los goles de Riki y Lassad. Xisco disfrazado de héroe. El brillante trabajo de un Oltra que supo enderezar a un equipo golpeado por el infierno del descenso y resarcir cualquier herida abierta. El compromiso y el esfuerzo de ellos y otros muchos otros fueron los protagonistas en este capítulo de la historia del Depor quizás no tan grande como otros, pero que sí ha servido para renacer con más fuerza que nunca.



El Deportivo pareció hacer suyas esas palabras de 'permitido caer, obligatorio levantarse'. Y es que ayer Riazor se reencontró con la sonrisa.

Esta vez, sí hubo final feliz.






lunes, 7 de mayo de 2012

Nunca un 'adiós' fue tan un 'hasta siempre''.



Quien me conoce, sabe que odio las despedidas y, que a pesar de que no me gusta repetirla demasiado en voz alta, 'adiós' es una de las palabras más bonitas que existen para mí, pero también una de las más difíciles de decir. 

Puede parecer una paradoja, pero no lo es. Duele dejar atrás aquello que no quieres perder o que no quieres que se vaya, pero 'adiós' esconde y significa tanto... Por eso las despedidas que más cuestan afrontar son las que llegan cuando se ha sido muy feliz antes.


Por eso quizás a muchos se nos hizo un nudo en la garganta el pasado sábado mientras veíamos como Josep Guardiola se despedía de la que ha sido -y será siempre- su 'otra' casa. Reconozco que cuando anunció que el año que viene ya no sería él quien manejaría el timón del mejor Barça de la historia pensé que tampoco era para tanto y que este momento iba a llegar algún día. Al fin y al cabo, nada dura para siempre.


Pero yo, que tengo una habilidad especial para caer en el error una vez sí y otra también, volví a equivocarme. Creía que lo llevaba bien...hasta que llegó el Barça-Espanyol y todos los que estaban en el Camp Nou -y seguramente muchos otros en sus casas, independientemente del color de sus corazones- entonaron un adiós difícil. Esperado, sí, pero para el que quizás no estábamos preparados. 


Quizás por ello esa sensación de vacío. De silencio. De negar lo inevitable. De nada.

Recuerdo perfectamente el día que se hizo cargo del primer equipo. Y no lo he olvidado porque volví  a equivocarme, otra vez. Le dije a mi abuelo que Guardiola no duraría ni dos telediarios en el Barça, y que pronto todo el castillo se volvería a derrumbar. Y, sin embargo, 3 Ligas, 2 Champions League, 1 Copa del Rey, 3 Supercopas de España, 2 Supercopas de Europa y 2 Mundiales de clubs después, tuve que tragarme mis propias palabras. Y cuánto me alegro de haberlo hecho. 

La marcha de Pep es una mala noticia para el Barça, para sus seguidores, pero también para el fútbol, porque lo hizo más grande y le regaló un poquito de magia, haciendo las delicias de unos y otros allá donde quisiera que fuera. 

Y después de él, ¿qué? Nadie lo sabe, porque no es nada más que otra de esas preguntas que surgen a lo largo de nuestras vidas y que no tienen respuesta hasta que algo sucede. Si saldrá bien o saldrá mal, si le echará de menos o simplemente se le recordará por todo lo que hizo y consiguió...nada se sabrá hasta que nos crucemos de frente con la realidad, sea la que sea.

Guardiola se va, pero no somos pocos los que mantenemos la esperanza de que sólo sea por un rato y que en realidad sus palabras sobre el césped del Camp Nou el día de su despedida se puedan resumir en un 'hasta pronto'; un paréntesis que no se cierre, y una historia con puntos suspensivos en el que el final todavía no está escrito. 

Que sólo sea un 'adiós' tras el que se esconda un 'hasta siempre'.




miércoles, 25 de abril de 2012

Equivocarse...y caer.


‘Matémosle’ sin darle antes opción a poder levantar la cabeza tras un fracaso. Culpémosle de las derrotas. Dejémosle sin nuestro perdón cuando falle un penalty o cuando sus pies manden el balón al palo. Riámonos de sus lágrimas tras una mala noche o después de que el rival le deje a las puertas de un sueño. 
Hagamos que sus 243 goles vistiendo la camiseta con la que ha crecido se queden en nada. Abandonemos sus tres Balones de Oro consecutivos en el rincón más escondido de nuestra frágil memoria. 
Silenciemos las voces que se rindan ante él. Borremos de nuestras retinas las obras de arte más bellas jamás vistas sobre el césped que llevan su firma. Neguemos que todos, en algún momento u otro, nos enamoramos de él y de su fútbol. 
Quitémosle mérito a su lucha, tanto la que mantiene contra sus enemigos como la que le enfrenta a sí mismo. Pongámosle techo e impidamos que siga siendo capaz de agotar las palabras que hablen de él. Hagamos de su nombre –y del número 10- un tabú. Prohibamos que los niños quieran ser como él. 


Insistamos, incansables, en decir que ese pequeño que un día nos dijo que no olvidáramos su nombre no existió, y que sólo fue quien fue en la cabeza de quienes alguna vez soñaron con que había un mundo, el del fútbol, en el que la magia podía dejar de ser una utopía inalcanzable. 

Mantengámonos impasibles ante la realidad de que el fútbol es un reflejo más de la vida, en la que a veces se gana…pero también se pierde. Y que incluso los más grandes, pueden equivocarse alguna vez.

* * *

Leo, gracias por equivocarte y por enseñarnos que los errores, al fin y al cabo, siempre acaban haciéndonos un poco más fuertes. Y es que a veces, para ser el mejor -y Messi lo es y lo será a pesar de todo-, uno tiene que haber aprendido antes a caer.











domingo, 15 de abril de 2012

A veces un minuto destruye otros 92.

'A veces un minuto destruye 23 horas y 59 minutos'. Esto es lo que leí hace unos días, y hoy no he podido evitar acordarme de estas palabras cuando en el último suspiro, el Deportivo silenciaba Balaídos después de que uno de los hombres de José Luis Oltra pusiera el 2-3 final en el marcador de un gran derbi que ya arrastraba la etiqueta de 'Galicia calidade' y que no defraudó en absoluto.

En este caso, un minuto no destruyó 23 horas y 59 minutos, pero sí los 92 que duró la gran fiesta del fútbol gallego. A 1000 kilómetros, yo también he vivido el Celta - Depor, como si la distancia no fuera obstáculo alguno para sufrir con el gran partido que se han marcado unos y otros. Y es que el hecho de que los dos equipos gallegos manden al frente de la clasificación de la categoría de plata no es casualidad, y sobre el césped del templo vigués quisieron volver a demostrar que el año que viene quieren estar entre los mejores. En Primera. Sí. Ambos lo merecen. Y sería muy injusto que alguno de los dos se quedara a las puertas de ese cielo por el que llevan luchando a lo largo de todo este año. El Celta ya sabe lo que es quedarse con la miel en los labios -la temporada pasada cayó en los play-off de ascenso- y no quiere que se repita la misma historia de antaño, mientras que el Depor quiere cumplir con la promesa de volver cuanto antes que hizo instantes después de haber llorado por un descenso que dolió, y mucho, en Riazor, pero que también ha servido para curar viejas heridas y provocar que la afición blanquiazul y su equipo se vuelvan a abrazar como años atrás, a sabiendas que juntos son más fuertes.

Balaídos quería vestirse de gala para recibir al eterno rival, y lo consiguió. Inmejorable el aspecto que presentaban las gradas del estadio, ocupadas por aficionados de uno y otro equipo que no cesaron en su empeño por apoyar de forma incansable a Celta y Depor. Mentiría si dijera que no me hubiera gustado estar ahí, sobre todo en esos momentos previos al pitido inicial en que parece pararse el mundo y en los que los nervios y la ilusión se mezclan y se apoderan de ti.

Reconozco que no tenía muy claro qué iba a pasar en los minutos que estaban por venir. No sabía si los tres puntos se iban a quedar en casa, si iban a volar hasta Riazor o si los dos mejores equipos de Galicia iban a ser más amigos que nunca y repartírselos. Siempre hay un favorito, alguien que parte con ventaja, pero no. Esta vez, el futuro más inmediato estaba más que borroso. Aunque sí tenía una corazonada... la de que el partido que acababa de empezar nos iba a regalar grandes momentos. Y no fallé.

Empezó el Celta queriendo hacer lo de siempre, ser dueño y señor del balón, pero cuando apenas se habían consumido los dos primeros minutos de partido, Riki adelantó al Depor, dando el primer golpe sobre la mesa y reflejando que las intenciones de los coruñeses no se limitaban a un paseo por Vigo y sí a conseguir una victoria que les acercaría todavía más al ascenso directo soñado. Sin embargo, los hombres de Paco Herrera no bajaron los brazos y se hicieron con el control del encuentro. Parecía bailar el equipo celeste, que encerró al Deportivo en su propio campo y que insistió una y otra vez llevando mucho peligro a la portería custodiada por Aranzubía. Así fue el guión de una primera parte muy intensa, que sólo se vio empañada por la polémica generada entorno a la lesión del futbolista que había abierto el marcador, que acabó con el árbitro Miranda Torres negándose a parar el partido por estar Riki en el suelo y sin que Oltra le cambiara, y con una amarilla para el jugador deportivista.

La segunda mitad se inició siguiendo los parámetros de la segunda, aunque el Depor se mostró más fuerte en ataque. Prueba de ello fue el gol de Lassad en el 62, que ponía en ventaja a los herculinos y que pareció dejar sentenciado ya entonces el partido. ¿Quién iba a imaginar que los de Herrera se levantaría? Pero sí, lo hicieron, y devolvieron la esperanza a su afición, que a pesar de ir perdiendo, no calló y siguió animando a los suyos con el objetivo de que se mantuvieran vivos en la lucha que se estaba produciendo sobre el campo. Tras la salida de Valerón, el Deportivo vio cómo el Celta se lanzaba a por la remontada y cómo De Lucas acortaba diferencias a los cinco minutos del segundo tanto de los visitantes. Y cuando faltaban ocho minutos para el final, otra vez los de casa tiraban de épica y empataban gracias a Catalá un partido que el Depor había tenido en sus manos durante gran parte del mismo.

Y cuando todo parecía resuelto, cuando unos y otros ya se daban por contentos con el empate, apareció de la nada una falta que tras ser lanzada y posteriormente rechazada por Yoel, acabó en Borja, que remató con la cabeza y dejó el balón en el fondo de la red, poneindo el 2-3 definitivo en el marcador.

Y Balaídos calló. Y el Deportivo enloqueció. Habían ganado ese partido y estuvieron a punto de perderlo en los 90 minutos que duró para después volver a hacerse con él en el tiempo añadido, cuando las agujas del reloj a punto estaban de marcar ya el desenlace del derbi que durante tanto tiempo el fútbol había esperado.

Sí, esta vez, el Depor fue quién saboreó la victoria ante un gran rival que no mereció perder pero que lo hizo con la cabeza bien alta y luchando hasta el final.

Las luces se apagaron, y la fiesta del fútbol gallego se acabó.

Y en ese momento, sólo pude pensar en que quería que ese fuera el último Celta - Depor que tuviera que ver en Segunda.

sábado, 14 de abril de 2012

Balaídos nos invita a la gran fiesta del fútbol gallego

Galicia significa una pequeña gran parte de mí. Es mi cuna, y también ese trozo de cielo que todos nos empeñamos en buscar a lo largo de nuestra vida. Quizás por ello espero durante casi los 365 días del año que lleguen días como el de mañana.

Todo está preparado para la 'otra' gran fiesta del fútbol gallego. Y digo la otra porque Riazor y Balaídos se reparten el honor de acoger el partido que enfrenta a los dos mejores equipos de la tierra de las meigas.

Depor y Celta. Celta y Depor.

Quién ha tenido la oportunidad de vivirlo de cerca, sabe que no hay un derby como éste, donde nada está escrito, donde todo puede pasar. Y donde nunca falla la magia. Una lucha a muerte. Al todo o nada. Cuyo final se cierra en una sonrisa o en una lágrima. De esas historias de las que esperas demasiado y pocas veces defraudan, por no decir ninguna.

Mañana le toca el turno a Balaídos. Se llenará por primera vez en mucho tiempo. ¿Cuando fue la última vez que sucedió algo así? Casi nadie se acuerda en Vigo. Ni tan siquiera cuando el Celta se enfundó el traje de la Champions, todos los asientos del estadio tenían dueño. Y esto sólo es una muestra más de que el día de mañana no es un día cualquiera, sino especial. Y puede que un paso más en el camino que tanto Celta como Deportivo han construido esta temporada. Su destino final, Primera.

Su trayectoria hasta ahora, la de ambos, es irreprochable. Uno, al mando de José Luis Oltra, encabeza la carrera con un colchón suficiente que le hace soñar, todavía más, con su regreso a la categoría de oro del fútbol español un año después de haberle dicho adiós y cuando apenas faltan unas cuantas semanas para el final; el otro, con Paco Herrera al mando del timón, sigue el rastro de su eterno rival, mirando de reojo, eso sí, a un Valladolid que le pisa los talones.

Más no se puede pedir. Ambos equipos llegan en el mejor momento posible, habiendo demostrado a lo largo de todo este tiempo que la Liga de plata se les queda pequeña y que merecen algo más. Su fútbol refleja que este no es su lugar, y que el suyo, está entre los mejores.

Nadie sabe qué pasará mañana en Balaídos. Yo tampoco. Pero ojalá este sea el último derby gallego de Segunda.

martes, 10 de abril de 2012

La marioneta de Mourinho.

El show de Mourinho continúa. Ni se acaba, ni da tregua alguna. Cada día es un acto más de su gran obra de teatro, en la que no falta ningún detalle. Ni tan siquiera un títere o una marioneta a la que manejar.

Que Xosé Mourinho es uno de los mejores entrenadores que actualmente conviven en el mundo del fútbol es indiscutible. Sus números y su trayectoria, así como su palmarés, lo demuestran. No, no hay duda alguna. Pero de la misma manera que quien le discuta como técnico es un loco, tampoco hay que olvidar que ha creado alrededor de él un personaje al margen del Mourinho persona y del Mourinho entrenador que no gusta a todos y que, a veces, pone en peligro la estabilidad de su propio entorno y de quienes le rodean. Sus pasos y sus palabras levantan huracanes allí donde dejan huella y donde resuenan, y la polémica se ha convertido en su más fiel amiga.

Quizás es su escudo, su arma de protección, pero su faceta de showman ha empezado a sobrepasar unos límites que hacen tambalear los cimientos de su propio equipo. Sí, todos conocemos a 'Mou'. Ya sabíamos cómo era antes y lo comprobamos cuando aterrizó en el fútbol español, pero bien es cierto que el convertirse en el capitán de un barco tan colosal como el Real Madrid -no hay que olvidar que estamos hablando del mejor equipo del siglo XX- ha hecho que su otro 'yo' se haya magnificado tanto que incluso los que en un principio cerraron filas entorno a él se han dado cuenta de que eso no es bueno y rehúyen ahora del luso, que ha decidido que el silencio es la manera perfecta para mostrar su posición de 'yo contra el mundo'.

Antes hablaba. Mucho, demasiado y mal, en ocasiones llegando a menospreciar a colegas de su propio gremio, a rivales y los periodistas que tienen que llevar el pan cada día a su casa y que hacen su trabajo, de la misma manera que el deber de Mourinho recae en la función de dirigir a un grande como el Madrid y con el objetivo de llenar aún más las ya repletas vitrinas del Santiago Bernabéu.

Sin embargo, ahora Mourinho ha cambiado de estrategia. Ya no quiere estar en primera línea, ni ser el protagonista principal, aunque, es obvio, indirectamente sigue siéndolo. No, ahora calla. Dicen que para rebajar la tensión. Pero...¿qué tensión? ¿La que él mismo ha sembrado en su propio vestuario? Porque quien diga que no existen dos bandos claramente diferenciados en el Madrid a día de hoy -el clan de los portugueses + Di María + Khedira por un lado, y el de todos los demás, en los que los españoles forman el gran grueso, por otro- miente. De nada sirve mantener las formas y las apariencias, hay cosas que se ven incluso desde lejos.

Pues bueno, Mourinho ya no habla para rebajar la tensión y para que su cruzada contra los árbitros -la que intenta disimular semana tras semana, pero que deja caer en cada oportunidad que tiene-, y por ello, planta a Aitor Karanka en las ruedas de prensa para que hable por él. 'Que ponga voz a mis mensajes', debe pensar 'Mou'. Y ya van 43.

Karanka no es sólo el segundo técnico del Real Madrid. También es la marioneta de Mourinho. El portugués se esconde, no da la cara (y eso que recuerdo que una vez dijo que cuando su equipo no ganaba, él siempre la daba), pero lo controla todo. Es omnipresente y omnipotente. Karanka es un muñeco de trapo movido por las manos de Mourinho, que no se deja ningún cabo suelto. Total...nadie le frena ni le para los pies. Y ya se sabe que cuando uno tiene poder...siempre quiere más.

Las ruedas de prensa del Real Madrid se han convertido en los últimos tiempos en escenas que rozan la vergüenza. Ni tres minutos atendiendo a los periodistas, mensajes preparados y estáticos -sea la pregunta que sea, qué más da, el discurso es el mismo-, palabras medidas y estudiadas al milímetros, respuestas que tan sólo echan balones fuera... y frases como ese 'si nos dejan...' que el otro día acuñó el eterno secundario de un club que está permitiendo que una persona diluya y evapore una imagen que se ha construido a lo largo de 110 años de historia.

Y es que entre sus obligaciones como entrenador está la de salir a dar la cara antes y después de un partido, siempre. Se gane, se empate o se pierda. Es su deber. Y esto de usar a Karanka como títere es un paripé que tarde o temprano, hará daño.

Yo no soy del Madrid, pero tampoco creo que se merezca que el showman 'Mou' haga saltar todo por los aires. Porque si no lo ha hecho todavía, lo hará. Y no muy tarde. Papá sí es del Madrid, y ya ha agotado su paciencia con Mourinho. Y como él, muchos que quieren ver al portugués lejos del Bernabéu.

Y sí, su 'adiós' quizás sea el mejor bálsamo para que el líder de esta Liga recupere todo el honor que parece haber ido perdiendo en los últimos dos años.

Quizás sea necesario ya, por fin, un final para esta obra de teatro que empieza a ser interminable e insoportable.